9.6.08

Editorial N° 30 - Junio 2008

A cien años del nacimiento de don Atahualpa Yupanqui evocamos su sentir, su decir y su andar. En Cosquín, en la Feria del Libro y también en esta edición de La Marea, recordamos al querido “trovero de artes olvidadas” -como se definía a sí mismo-, que supo extraer su música y su poesía de lo más profundo y sentido de nuestro pueblo, recorriendo las sendas más recónditas de la patria. Algunos de los integrantes de La Marea compartimos sus últimos años, tanto en la lucha antidictatorial con el Movimiento de Reconstrucción y Desarrollo de la Cultura Nacional, como en el Movimiento por la Verdadera Historia, que organizó los contra-festejos del quinto centenario de la conquista española, y en la revista Nudos en la cultura argentina, de la que tomamos uno de los artículos reproducidos en este número. Nadie graficó mejor que él -peón, cronista, poeta- la explotación de nuestros paisanos, nuestra gente pobre del campo al decir: “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”. O al cantar: “trabajo, quiero trabajo”… Cuánta vigencia adquieren hoy estas imágenes cuando vemos con dolor que no sólo las vaquitas y las tierras, sino también el petróleo, la minería y otros recursos naturales nos son ajenos; que gran parte de lo que producimos se nos va en el pago de una deuda externa ilegítima y fraudulenta, en las prebendas de las empresas monopólicas extranjeras y en los intereses mezquinos de una elite agroexportadora que nos convierte en soja-dependientes, con lo que se destruyen las posibilidades de trabajo, de producción autónoma, de independencia económica. Y así, destruyendo la base, deterioran la cultura y la identidad de nuestro pueblo.Esto preocupa más aún cuando la política del actual gobierno profundiza la dependencia, privilegia a los grandes pools exportadores, cumple con la deuda contraida por la dictadura y acrecentada por los gobiernos posteriores, y aplica recetas históricamente repudiadas por el pueblo que favorecen a los capitales extranjeros. A la vez, reduce con sus “ajustes” el presupuesto de salud y educación, retrasa los salarios, mantiene el impuesto del IVA al consumo en el 21%, y acelera el proceso inflacionario. Además, aplica en forma indiscriminada impuestos y retenciones a sectores agrícolas que tienen características productivas y económicas disímiles, afectando principalmente a los pequeños y medianos productores, a los trabajadores y pobres del campo, lo que ha provocado el estallido agrario y el reclamo federalista de las provincias. Los casos de corrupción son encubiertos, al tiempo que se avanza en proyectos como el del “tren bala” mientras se profundiza el deterioro de la red ferroviaria, privatizada y subsidiada. Por otra parte, el gobierno no hace nada por acabar con la trenza represiva dictatorial que secuestró y mantiene desaparecido impunemente a Julio López, al tiempo que reprime y encarcela a luchadores populares. Estos temas no son ajenos a la cultura, a sus trabajadores, a los artistas e intelectuales que como decía Atahualpa, deben estar con los de su lado “cinchando tuitos parejos/ pa hacer nuevo lo que es viejo/ y verlo al mundo cambiao”. Por ello, resulta importante confluir en la unidad de todos los sectores oprimidos y explotados, para satisfacer las necesidades más urgentes de cada sector. Hay mucha experiencia acumulada por el movimiento popular que no se puede enajenar, como sus prácticas de organización y lucha, con sus modos asamblearios que desde 2001 están presentes en todo tipo de conflicto, desde problemas barriales hasta el paro agrario, los trabajadores de Firmat o los manifestantes ambientalistas. El tema de la tierra y la producción agropecuaria (ver número anterior), es uno de los tantos que nos interesa tratar, por eso está presente también en este número con una nota que alerta sobre los peligros de los desmontes en los bosques del NOA. Otro problema que ponemos en debate es el de la creación de música popular en el marco de la globalización y monopolización de las industrias culturales. Atahualpa Yupanqui asistió durante su vida a gestas fundamentales de nuestro pueblo por su liberación. Fue acunado por la Semana Roja de 1909, escuchó el Grito de Alcorta en 1912, conoció los cambios de la Reforma Universitaria y, siendo joven, se estremeció con la Semana de Enero de 1919 y con la Patagonia Rebelde. Más tarde, con las huelgas de la construcción en 1936, y llegó a conocer las primeras puebladas de los noventa. Aún hoy, los sufrimientos de nuestra gente, que sus versos describen, no se erradicaron. Sin embargo, como afirma la declaración “A doscientos años de la Revolución de Mayo, hacia la segunda y definitiva independencia” (presentada en un acto de La Marea en la Feria del Libro 2007), “nuestro pueblo no ha resignado la búsqueda de las verdaderas transformaciones políticas y económicas que eliminen de raíz los males que lo empobrecen. Los argentinos queremos recobrar los resortes claves de nuestra economía y de la política. Y en cada una de las batallas que libramos en este camino debemos rescatar el espíritu de Mayo y evitar que sea nuevamente desviado de su objetivo. Recuperar la verdadera historia implica que el debate y el balance estén en manos del pueblo, para concretar lo que hasta ahora no se hizo”.

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